El irlandés del Acuario. Un clásico de Porto do Son

El tucán de mis críos y el irlandés del Acuario (foto: Cuchillo)

No me gusta especialmente el café irlandés. Podría pasar mi vida entera sin tomar uno de esos combinados cuyo origen se atribuye al chef Joe Sheridan, quien lo prepararía hace ya 70 años, en el puerto de Foynes, para que entraran en calor los pasajeros de una larga y accidentada travesía. Y se dice que posteriormente lo introdujo en América, en 1952, desde la barra del Buena Vista Cafe de San Francisco.

No obstante, si paro en Porto do Son (A Coruña), invitado por la espléndida familia Camino, no puedo pasar sin tomarme al menos uno en el Café Bar Acuario. La ceremonia es siempre la misma: entro al local, saludo al camarero con toda la efusividad que permite mi agrio carácter y hago una pregunta a Fran, el jefe de todo: “¿Me pones un escocés?”. No preparamos, responde él. Venga, pues ponme un irlandés. Entonces se da la vuelta, flambea whisky, echa el café y rellena la copa con nata. Con nata que monta la propia Manuela, su pareja y public relations del local. “Ésa es la diferencia”, señala ella. Por eso está tan rico el irlandés del Acuario. Por eso me lo tomo a cualquier hora. Noche incluida. “Eres muy cafetero”, me dijo la ultima vez Fran. Sé diferenciar un buen blue mountain jamaicano del soluble de Dia, sí, pero he de decir que algo de mérito también tiene él.

(Igor Cubillo)

Avenida Galicia, 18; 15970 Porto do Son (A Coruña)

981 767 216


Los Ronaldos. ‘Me gustan las cerezas’

Imagen de los Ronaldos ya entrados en años.

“Hasta la noche me da la razón, porque me gustan las cerezas, me gustas tú”. Este es uno de los estribillos más recordados del primer álbum de Los Ronaldos, fechado en 1987. La banda de Coque Malla supo sintetizar la energía del rock and roll en un estreno sobrado de frescura y descaro. Aún nos acordamos de él. Y del fruto del cerezo, esa drupa con cabillo largo, casi redonda, de unos dos centímetros de diámetro, con surco lateral, piel lisa de color encarnado más o menos oscuro, y pulpa muy jugosa, dulce y comestible.


Restaurante Iñaki Rodaballo (Vitoria). Aquí no unta nadie

Ensalada con velo de papada de cerdo, de Iñaki Rodaballo (foto: Cuchillo)

Iré al grano. Un tío que se llama Cuchillo no puede andarse con circunloquios. En este caso la retórica se antojaría forzada, filosofía barata, simple juego de palabras. Y lo que a mi me interesa es dejar meridianamente clara la siguiente opinión: por norma general, en Vitoria se come algo más barato que en Bilbao y Donostia, sí. Es así, hablemos de menú del día, degustación o carta. Pero no se come mejor que en Bilbao y Donostia, no. Dicho esto, arderé en el infierno y tal, pero no conviviré con el dolor que supone morderse la lengua.

El penúltimo ejemplo de expectativas no satisfechas lo viví recientemente en el restorán de Iñaki Rodaballo, donde entré ilusionado, con muchas ganas, y salí con cierta sensación de vacío. No por quedar con hambre, que no fue el caso, sino porque tras el veloz trasiego de platos (un aperitivo, tres entrantes tres, pescado, carne y postre) no salí con la decisión de querer aconsejar el lugar a nadie. Tampoco de desaconsejarlo manifiestamente, conste, pero esperaba más. Es lo que tiene acudir sabiendo que ha cosechado premios a tutiplén. Me suele ocurrir.

Huevo a baja temperatura (foto: Cuchillo)

En un par de ocasiones, desde la cocina del Sagartoki y del Niza, este exactor de la compañía Sobradún ganó el Campeonato de España Cruzcampo a la Mejor Barra de Pinchos y Tapas. Y el pasado año, sin ir más lejos, también triunfó en el Campeonato de Euskadi de Pintxos celebrado en Hondarribia. Lo hizo con Chip’s & Ron, según hemos leído, una composición en copa de cóctel de chipirones a la plancha en medio de una crema de patata con chips de yuca y unas lágrimas o esferificaciones de ron. Todo aromatizado con un twist de limón y unas hebras de eneldo.Ponente habitual en congresos gastronómicos, desde Gipuzkoa hasta Japón, Rodaballo comanda ahora un bar restaurante (el antiguo Skala) con su nombre. La primera parte del local esta preparada para beber y degustar comida en miniatura, e incluye incluso un pequeño hueco para show coocking; luego se estrecha, convertido en escaparante donde ver las evoluciones en la cocina vista, y desemboca en un comedor frío, de apariencia austera, no especialmente atractivo (de hecho, es más quedona la zona de barra), con sillas recicladas propias de terraza y separado del resto del recinto por un simple biombo por el que se cuela la música de la barra. Desde Bob Marley a Ismael Serrano. Allí se prueba su oferta de mesa y mantel, hasta hace poco limitada a dos menús degustación, de 30 y 40 euros. En la actualidad conviven la carta y un solo menú degustación de 40 euros (más IVA), servido con Viña Salceda crianza.

Paramos allí el mes pasado y, a modo de pequeño aperitivo, nos pusieron cogollo a la brasa con anchoa y salsa de remolacha; grato, nada espectacular. Luego llegó una ensalada a base de tomate, lechugas, rico queso normando y velo de papada de cerdo; normalita en general, inapreciable la papada, más allá de lo meramente estético. Otra propuesta que no sorprendió, más bien pasó sin pena ni gloria, más allá de los halagos al pequeño trozo de queso.

Caracoles de Iñaki Rodaballo (foto: Cuchillo)

La cosa se puso seria con unos ricos caracoles a la alavesa con salsa espesa, untuosa y gustosa, y no pocos tropiezos. Para limpiarse los dedos, las toallitas ‘transformer’ que crecen con el agua y llevan años utilizando locales de relumbrón como el restaurante Etxanobe, de Fernando Canales.
A continuación, huevo a baja temperatura con crema de patata y hongos; bien, nada invasivo, el gran peligro del hongo.Acabada la tanda de entrantes, llego el momento del pez mantequilla con verduritas, crema de marisco y huevas; bien el punto del pescado, ciertamente, y acertado el acompañamiento, no diré que no. Para terminar, consistente codillo con recios patatones y osmosis de manzana, un plato que no terminamos.

No se vayan todavía, aún hay mas: brownie, atractivo a la vista mas intrascendente. ¿Y saben qué les voy a decir a continuación? Que esa sensación puede aplicarse a tooooda la comida. Buena presentación, buenas intenciones e imaginación en la disposición, pero poco ingrediente noble y escasa, sino nula, trascendencia. Es innegable que hubo cantidad, pero ningún detalle nos maravilló. Enseñas las fotos, te dicen “joder, qué bien has comido”, qué pintaza,  y te da por pensar que quizá se cuida mas la apariencia que otra cosa.

Pez mantequilla de Iñaki Rodaballo (foto: Cuchillo)

Luego, hay que añadir en el debe una serie de detalles feos, cuanto menos. Un minuto después de pedir, preguntamos si nos podían cambiar los caracoles por otra cosa, por cualquiera. No, pues la camarera ya había pasado la comanda al cocinero… Señalar que sólo había otros dos comensales en el comedor.  Más: nos dijeron que el menú incluía el vino y nos preguntaron si íbamos a beber agua. Pues sí, por si acaso. Sirvieron una botella de medio litro y sumaron 2 euros (más IVA) a la cuenta.

También me parece fuera de lugar cobrar 1,80 (más IVA) por un café solo, cuando seguro que detrás del biombo se pide bastante menos. Y la anécdota de la jornada: la camarera nos sometió a un férreo marcaje y se llevaba los platos sin dar opción al noble arte de untar. Había prisa, supongo. Con todo, la broma salió 92,45 euros, que así igual a alguien le parece poca cosa, pero no dejan de ser 16.000 pesetas. Precio suficiente para exigir un poco más. Y untar a gusto, coñe.

(cuchillo)

web del restaurante

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Ricardo Buesa, 4; 01008 Vitoria-Gasteiz (Araba/Álava)

945 222 681

Comedor del restaurante Iñaki Rodaballo (foto: Cuchillo)


Bar El Ancla (Getxo). Docena y media de pinchos

A veces es más grande este pincho de El Ancla (foto: Mr. Duck)

Desde siempre he conocido el bar El Ancla, sito enfrente del desaparecido Gran Cinema de Las Arenas. No obstante, nunca había entrado en él. Me parecía demasiado estrecho, cutrín y lo evoco ahora con serrín en el suelo y azulejos en pared. Pero lo consideré de otra manera, con más respeto, cuando un día me dijo el amigo Topo: “¿Sueles ir a El Ancla? Ponen pinchos muy buenos”. Y un día, de casualidad, crucé su puerta con ella, tomamos un pincho rico, percibimos la nula empatía detrás de la barra y… al poco cerraron el bar por reforma, antes de darnos tiempo a ir por segunda vez.

Cuando reabrió, por su diseño modernista parecía un local más de la cadena de bares de pinchos que ha brotado triunfal en Las Arenas, con el Aker de la zona de la calle del Club, el Sugaar de la Plaza de los Enanos y el Maddi de la calle Mayor. Pero se trata de una impresión errónea, pues lo mantienen los mismos dueños o encargados de antes. Y otro día ya de 2010, ya remozado el bareto, entramos La Txurri y el menda con intención de curiosear y de no regresar… y hala, se puede decir que ahora El Ancla es de nuestros bares favoritos de Las Arenas, junto al Irrintzi y el Aker de la zona de la calle del Club (exactamente ésa es la calle Arlamendi).

Surtido de vinos en El Ancla (foto: Mr. Duck)

Ha mejorado estéticamente El Ancla con el remozamiento. La estrechez inherente al local se ha disimulado gracias al ancho espacio de la entrada, se cuida la presencia estética y hay mucha luz. La cerveza es de la marca germana Veltins (la séptima más vendida en Alemania), numerosos tintos se exponen en una cámara con cristalera (Viña Alberdi, Glorioso, Díez Caballero, Marqués de Riscal, Sierra Cantabria, Medrano…), y entre las ginebras están las que me gustan: Tanqueray, Bombay, G’Vine, Mombasa, Hendricks’, Bulldog… y alguna que aún debo probar: Master’s. En las pantallas de televisión de ambos extremos suele estar encendido un canal de música comercial que no molesta, y a veces ponen fútbol. Los parroquianos son burgueses locales preferentemente mayores que a veces van con las hijas superpijas, muy vistosas y formales, y otras veces con sus esposas matures, unas rechulas que te penetran con la mirada altiva.Pero no divaguemos, que a El Ancla vamos a comer pinchos. Mejor por la mañana que por la tarde, ¿eh? Es que a veces a la tarde hay menos variedad (por la mañana he llegado a contar una treintena de ítems) y se nota que algunos son sobrantes de la mañana. La que sigue es una selección de varios de sus pinchos, la mayoría con sus cartelitos explicativos. No comentamos sus gildas brillantes, que están muy  buenas, tanto como sus típicos pinchos de huevo y langostino de toda la vida. No sé lo que vale cada pincho, supongo que un euro y medio, y diré que mis superfavoritos son los seis primeros comentados. O sea, la primera media docena.

1.- Delicia de manita de cerdo.

Como reza su nombre: delicioso. Mi predilecto. Si no hay ninguno en la barra, me deprimo. Va perfecto con un tinto. Si no está recién hecho, recomiendo un calentón, para que se ablande el interior. Por fuera la fina cascarita se deshace al hincarle el diente para atravesar la gelatina deshuesada de la pata porcina, con su salsa vizcaína y sus micas de choricito picadito. Es el mejor pincho de la barra, sin duda. Le llevé un día de Navidad a mi cuñado, Jesús, alias El Cohete, y cada vez que regresa de Madrid va a El Ancla y repite. Y si no lo ve en la barra, se alarma y lo reclama al encargado.

2.- Pimiento verde relleno de bonito con mayonesa.

Me entra la risa de contento cuando lo zampo. Es un pincho vasco como Dios manda. Cuando menos un pincho cantábrico que une mar y tierra. Apoyado en una rebanada de pan, por supuesto, el robusto pimiento verde tenuemente rebozado mantiene su sabor y alberga en su interior -cual hormigonera- el homogéneo revuelto de bonito sabroso con mayonesa, en una combinación perfecta, natural, dotada de un postgusto picante, o sea alegre. El pincho es grande y sacia. Es poderoso y antañón. Cuasi telúrico. Exhibe rusticidad, pero también es chic. Y aun frío resiste en su magnificencia. Es el primer pincho que comí en El Ancla remozado. El pincho que me movió a manifestar a La Txurri: debemos volver a este bar. Un pincho satisfaciente, integrado, visual y sápido. Con Viña Alberdi va de muerte.

3.- Hoja de endivia rellena de ensaladilla de puerros.

Buah, un must, que dicen los roqueros. Sobre la base de una rebanada de pan que sirve para untar al final lo que queda por el plato, y con el remate de un langostino sápido, este pincho es enorme y levemente amargo, pero muy fino. La ensaladilla la moja una crema muy líquida de finísimo ali-oli.

4.- Sandwich de puerro.

Variante del anterior. Un triángulo con tejado de jamón york ondulado con líneas caramelizadas y que en su entreplanta alberga un revuelto de fino ali-oli, puerro y muchos trocitos de jamón york en un conjunto suave y esponjoso. Muy rico.

¿Hace una Veltins?

5.- Tortilla francesa rellena de txaka, york, bonito y piquillo.Lees el cartelito y se te abre el apetito. La miras y parece una panchineta desventrada. Es una supertortilla que satisfaría a un jugador de rugby americano. Es un pincho estratificado, con siete capas, que las hemos prospeccionado. De abajo a arriba son: 1, base panadera; 2, lámina de tortilla francesa; 3, bonito revuelto que está estupendísimo en este bar, ya sabéis; 4, loncha de jamón de york; 5, otra capa tortillera, con perdón; 6, la parte del piquillo y la chaka en una fina ensaladilla; y 7, una tortilla cimera aún más gruesa. Todo arponeado por un palillo imponente y adornado con varios trocitos de jamón del bueno. Te comes este pedazo tortilla en un plato y aun fría flipas. Recomiendo zamparla con una caña de Veltins, 30 centilitros en bonita copa. «Cómo te emocionas», me dijo La Txurri sonriendo cuando me veía haciéndole justicia.6.- Tortilla vegetal.

Otro superpincho con muchos pisos. Sobre la base ancha de pan (que siempre desprendo para dejarla aparte en el plato y manejar mejor los cubiertos) se apoya una tortilla de patata que por sí sola aprobaría el examen con nota. Encima va una capita de jamón york más la parte vegetal, con tomate, lechuga y una pizca de ensaladilla con ali-oli. Y a modo de sombrero, otra tortilla, esta franchute y con champiñones. Es un pincho enorme que lo probé por primera vez frío, por la tarde y acompañado por una caña, y comentó La Txurri: «Está riquísimo. Qué pasada. Este lo pillas recién hecho y alucinas». A ver si un día de estos pruebo la Tortilla de jamón y queso.

7. Sandwich de bonito.

No tiene cartelito pero es el favorito de La Txurri. Ella no se apea del burro y lo pide siempre que vamos. Y para comerlo le  quita su adorno de alegría picante, claro. Se trata de un rectángulo de pan de molde con una rica anchoa de adorno tendida a lo largo del techo cubierto por huevo desmigado. El revuelto de bonito central se empasta perfectamente con el pan de molde.

8.- Pimiento relleno de txaka y salmón.

Integración idónea. El saquito del pimiento pimpante está levemente rebozado y su contenido picadito sabe mucho a txaka y poco a salmón. Lo tomé frío y con una birra sin alcohol, y me alegró la tarde mustia que arrastraba.

9.- Bacalao y tempura de la huerta.

El típico pincho demasiado alto y con muchas capas. Muy incómodo de comer, o sea que el bueno de Bill Gates se provocaría con él una traqueotomía. Por accidente, of course. Un pincho que gustaría mucho en los bares de Laguardia, el pueblo más bonito de Euskadi: es muy alto (el pincho), ya se ha avisado, en la base va una crujiente rebanada de pan, en la cima van cebolla pochada y pimiento, y en el centro se alternan las lascas de bacalao sabroso con algunas verduras en tempura muy rica.

10.- Bola de marisco.

Una suerte de croqueta de luxe, una esfera con gruesa capa rebozada y rellena de marisco, pimiento, y queso me pareció catar también. Que no se le ocurra a nadie tomarla fría. La segunda vez que la probé percibí bechamel tosca, sabor a pimiento… pero no me acabó de molar. A ver si un día pruebo la Bola de carne y me mola más.

11.- Croqueta de chipirón.

Un sábado en hora punta dos señoras elegantes entraron en El Ancla, se dirigieron hasta el fondo de la barra donde suele estar esperando a los clientes el plato con este minibocado, y preguntaron preocupadas: «¿No hay croquetas de chipirón?». Tuvieron suerte y salieron de la cocina al poco. Yo entonces intuí que tal pincho estaría de muerte. Y así es: lo probé una tarde futbolera, con un estupendo Viña Alberdi, y la gocé a pesar de que estaba frío. Entre la base panadera y un techo de cebolla pochada con personalidad, el negro interior sabía a chipirón y era suave y contundente. La Su observó que no era una croqueta por no tener bechamel, pero no discutí nada y saboreé largamente.

12.- Croqueta de ibérico.

Rebanada panadera abajo, jamón rico en el medio y por encima la gruesa croqueta de bechamel muy fina, espesa, mantenedora de la calidad cuando se enfría. Pero inferior a la anterior croqueta de chipirón, ¿eh?

13.- Sandwich de chaka.

Un rectángulo suavizado por chaka y huevo de buena calidad, adornado por líneas de mayonesa, montoncitos de sucedáneo de caviar y tres mitades de langostinos sápidos. Suave, ya se ha dicho.

14.- Muselina con queso Idiazabal.

Espesa, contundente, sabrosa, en combate permanente el queso y el jamón picadito del bueno.

Aquí le dijeron a pato que no eche fotos (Mr. Duck)

15.- Bocadito de bonito con anchoa.Bonito de la calidad del local, con simpática mayonesa amarillenta y una anchoa que impone su sabor. Otro típico bocadito que suele exponerse en la barra es el de Jamón con pimiento verde.16.- Bocadito de lomo.

Una tarde me zampé uno y durante ese largo ratito me sentí tan feliz como un subsahariano recién rescatado de la patera y alimentado por un Guardia Civil. Eso que era por la tarde y el bocadito estaba frío. Pero era grandecito y el lomo aún permanecía sápido. Se completaba la sencilla receta con una lámina de queso y un pimiento rojo que contrastaban estupendamente.

17.- Calabacín con queso de cabra.

Si te lo calientan se funde el queso y se mezcla con el calabacín rebozado para formar un pincho goteante. El beicon crujiente del tejado es gracioso.

18.- Revuelto de york con bonito y mahonesa.

Un triángulo de pan frito y pelín aceitoso que empalaga y se impone a su carga. Cuando Pato estaba echándole una foto le dijo el camarero: “Eh, jefe, no se puede sacar fotos”. Por Dios, qué poco empáticos son esos barmen…

Y ya me he hartado de probar más pinchos para narrarlo aquí. Pero ya tengo ganas de catar el Rollito de ibérico con cebolla caramelizada al queso. La Txurri, de ideas fijas, siempre elige el rectángulo de bonito, y yo, menos predecible, me quedo con la manita de cerdo, el pimiento verde relleno, las tortillas rellenas durante el hambre vespertina…

(en ocasiones duda qué pincho elegir Óscar Cubillo)

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Calle Las Mercedes, 22; Las Arenas, Getxo (Bizkaia)

94 464 38 42

Abierto todos los días


Bienvenidos al Restaurante La Vaquería (Ajo)

La Vaquería. ¿Te cuento el chiste del toro y la vaca? (foto: El Tal Iván)

Aquí el amigo te da la bienvenida al bar restaurante La Vaquería. Envía la foto, desde el mismo centro de Ajo, El Tal Iván.

* Lo Que Coma Don Manuel coloca en la sección Bienvenidos aquellos muñecos, carteles y dibujos que, con cierta gracia, nos dan la bienvenida a restaurantes, bares, bistrós, tabernas, chigres, sidrerías y demás locales hosteleros que tanto nos gusta visitar. Esperamos sus aportaciones, queridos lectores *


Llagar Sidrería El Cabañón (Naves) Cosas que hacer en Naves, antes de que estés muerto

Si me pagaran un leuro cada vez que, paseando tranquilo por las calles de Naves (Asturias, conceyu de Llanes), un coche, con pareja, se me ha puesto al lado, ha asomado un cabecita y me han preguntado por cómo llegar a la playa de Gulpiyuri… Si me pagaran ese leuro, a estas alturas sería millonario o me saldría gratis el chuletón que ponen en el Cabañón (en Naves). Me lo han preguntado tanto que ya me siento navisco honorario y me enorgullezco de dar una de las mejores explicaciones para llegar hasta la playa, que no es playa pero sí es playa, yo me entiendo. Por contar, como se lo cuento a ustedes, lo narro a los que me preguntan hasta con misterio, novelado, con voz profunda y con aviso de sorpresa. Pero no se lo desvelo aquí porque si no conocen Gulpiyuri verán que merece la pena llegar y sorprenderse.

Naves merece  una visita, o dos, o tres, o una docena,  por sus playas, por sus paisanos tranquilos, por las dos fiestas patronales, dos, que atraen miles de personas y convierten un pueblo en algo parecido al Rock in Río. También hay que ir por los culines de sidra en Casa Raul y por ese dulce no hacer nada de las tardes de septiembre, cuando después de haberte tostado en una playa cercana te acercas y paseas tranquilo y hueles los jazmines y te estalla en la retina el naranja de las capuchinas, y el mirlo canta y todo está muy cerca de ser perfecto.

Capuchinas en Naves

Capuchinas en Naves, foto Dicky

Por el centro de Naves pasa también la ruta Norte del Camino de Santiago y allí ves a los esforzados peregrinos de todos los países y condiciones dejándose las suelas en busca del próximo albergue.

Y, sí, hay que ir por El Cabañón. In the Cabañón we trust. Fuimos fieles al Cabañón incluso una escasa etapa de travesía en el desierto en la que no nos gustaba tanto, pero ahora ya es lo que fue. Ocho años llevamos yendo, unas cuantas veces al año, y siempre es distinto y siempre es bueno. Jacinto Vela Carriles es el dueño, cocinero, factotum, tiene calle propia en el pueblo  y  es embotellador de la sidra de la casa.   Una sidra de su casa y también de la nuestra. Hemos comprado cientos de botellas y todo aquel que nos visita no se marcha si trasegar una o dos.

Es que el Cabañón, además de sidrería, es productora y embotelladora de una de las mejores sidras del Oriente Asturiano. Este Llagar cuenta con tres comedores y un patio que se cubrió para aprovechar el espacio en los escasos días que llueve en Asturias (modo ironía on).  Comes rodeado de cacharrería etnográfica, de carros, prensa y toneles.  Se pueden comer muchas cosas pero recomiendo las croquetas‚ los huevos de pitu de calella (pollo de corral) con patatinas‚ las setas‚ los pasteles de cabracho y la costilla.

El Cabañon, comedor cubierto

El Cabañón, comedor cubierto, precomida foto Dicky

Y ahora también han acertado con los proveedores y con el punto de parrilla y el chuletón está de diez. Si vamos al picoteo el asunto puede salir por unos doce euros, si ya nos metemos con la carne el precio, lógicamente, sube.

El ambiente es rural y astur  que te pasas‚ y de entre las enormes barricas de sidra es posible que te salga un sapo y que, si le besas, se convierta en principe (no borbón, please). Si además coincides con una espicha de empresa o una despedida,  las gaitas y la juerga están aseguradas. Y eso suele pasar.

Los horarios de apertura son bastante peculiares, pero en cuanto llega el verano encontrarán las puertas abiertas. Nosotros nos consideramos de la casa y hemos llegado a entrar en el gigantesco almacén de sidra y hemos contemplado como las manzanas se transformaban en jugo que luego, más adelante, nos servirá para retacar en nuestros estómagos agradecidos  la carne y la costilla.

(está abonado al Cabañón, Dicky)

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Calle de Jacinto Vela Carriles; Naves, Asturias, España

+34 985 40 75 50


Churrascaría Brasa Y Leña (Vitoria). Invitación a la gula

El logotipo de Brasayleña, Brasa Y Leña, o como se escriba.

“En Brasayleña elaboramos la mejor y más típica cocina gaucha de Brasil. Se encuentra en una churrascaría brasileña donde se preparan y maceran los mejores y más reconocidos cortes de carnes de la rica pampa, servidos al estilo rodizio”. Esto leemos en los tapetes de la franquicia Brasa Y Leña, una brazilian steakhouse que se promociona con tan pomposa prosa, aunque luego es otra cosa… ¿Por qué lo digo? En primer lugar, porque confío en que la tradición culinaria brasileña tenga mucho mas que ofrecer; luego está la situación de agobio que a uno le invade en sus asientos a medida que se dilata y estira la piel de lo que comúnmente venimos a llamar tripa, tripontxi. Porque uno se sienta en la mesa, con su tapete y su servilleta de papel, y pronto le entran ganas de comer todo lo que pueda, parece obligado a engullir cuanto le ofrecen y depositan al corte sobre el plato. Incluida la referida servilleta. Y el duro plato. Y la mesa. Y la silla que sostiene sus posaderas. ¡He pagado el Rodizio Gold y tengo que comer 20 tipos de carne! Ja, como leer ‘Guerra y paz’ en una hora. Pero lo peor de todo es que lo intenta, sin ser realmente consciente de lo estúpida que resulta la empresa. Aquí el menda, que fue mirado con ojos inyectados en ira por la encargada de un allyoucaneat parisino por su voracidad a la hora de engullir pizzas, lo intentó, y justo cubrió la mitad del expediente. Aunque, claro, otro gallo hubiera cantado si lo servido mereciese realmente la pena, el esfuerzo…

Zuloko y quien suscribe se plantaron en el hueco que la franquicia tiene en el Centro Comercial Boulevard, hicieron saber que su opción era la Gold (12,50 euros -15,80 en fin de semana y festivo-; “pudiendo degustar hasta 20 tipos diferentes de cortes asados de res, pollo y cerdo, con acompañamientos típicos de un rodizio”), no la Silver (10 tipos) y raudos se las ingeniaron para librarse del camarero que, aun más rápidamente, les ofreció una caipirinha con la naturalidad de quien ofrece algo incluido en el menú solicitado. Aunque no lo está. El objetivo es empezar haciendo caja. ¿Qué van a beber, entonces? “Uno de esos zumos que servís”, señaló mi acompañante. Debieron vernos cara de bilbaínos sedientos, pues nos pusieron una jarra enoooorme, bien surtida de hielos, con una capacidad teórica de 1,3 litros de brebaje desengrasante (realmente agradecido) y un peuvepé de 10,80 euracos. Un precio de discoteca (lo que cuesta un menú completo en muchos locales) que no figura en ninguna carta ni es advertido por el camarero. Y tienen jarras más pequeñas. Segunda maniobra recaudatoria en la oscuridad…

Criollo y pollo, para empezar (foto: cuchillo)

La bebida llegó poco antes que un kit formado por ensalada amazona, cuenco de arroz, otro con frijoles (feijao), plato de patatas fritas con trozo de banana rebozada, un buchito de chimichurri, otro de farofa y sobres de mayonesa, ketchup y tal. No habíamos revuelto la sencilla ensalada y empezó el desfile de churrasqueros y espetos: ¿Pollo y chorizo? Venga ese criollo. ¿Lomo de cerdo? Toma, claro. ¿Pechuga envuelta en bacon? Por supuesto. ¿Lacón? Cómo no. ¿Costilla de cerdo? Ya estás tardando. ¿Cadera de ternera? Eso no se pregunta (aunque estaba algo seca). ¿Un trozo de picanha? Mejor dos (un poco durita, quizá). ¿Quieren entraña? Qué insinúa, que soy un blandito que se arruga a las primeras de cambio… ponga dos o tres trozos. ¿Morcilla, con turbinta y cebolla? No diré que no a un clásico de las parrillas de la región de Minas. ¿Costilla de buey?… ¿Costilla de buey?… Zuloko, para esto, por el amor de dios, da la vuelta al posavasos-semáforo, ¡¡¡muestra el lado rojo!!!Sí, era un buen momento para batirse en retirada. Salvo un instante en que pensé que perdía el conocimiento, todo estaba en orden. Pese a que apostamos por el Gold, probadas diez variedades volvieron a comenzar el ciclo, el bucle. ¿Chorizo y pollo? No, ya hemos comido. ¿Lomo de cerdo? Otra vez…

¿Postres? No, que tampoco están incluidos en el precio y no parecen gran cosa. Mejor la cuenta, si no invita la casa. Vaya, se paga en mostrador, frente a la caja registradora. Dos rodizios y “sangría brasileña”: 34,80 euros. 17,40 (casi 3.000 pesetas) por cabeza. Con caipirinha la cosa no hubiera bajado de 20 euros. Con postre, de 25, me temo, pues no vi cartel con precios, ni carta de dulces, que se ofrecían de mesa en mesa dispuestos en una gran bandeja. ¿Y en fin de semana? Piense usted en gastarse 30 euros. Un despropósito. Por eso en Brasayleña se come compulsivamente. Por comer. Porque lo he pagado. Porque apoquino bastante, demasiado para contentarme con sólo dos choricitos mientras los churrasqueros me rodean con su coreografía de cortes y espetos. Pura gula. Te empujan a ella. Y, puestos a escoger, prefiero que ése no sea el pecado capital que me lleve a la tumba.

(prefiere realmente la lujuria, Cuchillo)

web de la franquicia

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Zaramaga (C.C. Boulevard), S/N; 01013, Vitoria-Gasteiz (Araba/Álava)

945 205 750


Quenelles de saumon de Côté Table. Error, terror y pavor

Quenelles de saumon (foto: cuchillo)

Es domingo, un día que tradicionalmente despierta mi yo misericordioso, y ni así soy capaz de morderme la lengua. Cuando me da el punto anacoreta, me gusta caminar mucho (cosa rara en mí), hablar poco (inédita) y no cocinar. Voy al bar o tiro de las conservas más singulares, como si fuera un inconsciente concursante de ‘Humor amarillo’. Rara vez acierto, y reconozco que no me preocupa, que me pongo en la piel de un conejillo de indias que experimente el mal en su cuerpo, en sus propias carnes y estómago, con el noble fin de advertir a la raza humana de cuánto mal se apila en los lineales del supermercado.

Lata de quenelles (foto: cuchillo)

La ultima experiencia digna de ser tildada de desagradable, rayana con lo repugnante, fue la apertura y posterior cocinado (bueno, mas bien calentado) de una lata de “quenelles de saumon” con “sauce crevette” de Côté Table. Algo así como croquetas de salmón con salsa de gambas.Lamentables desde la misma denominación, sí.

Si fuese una cata ciega, tras olerlo hubiera pensado que era una de las baratas latas de calamares en salsa americana que asaltan el mercado. O algo similar. Desprendía ese aroma de los escabechados industriales más siniestros. Visualmente el producto es poco atractivo, casi repelente, con reminiscencias de cine gore. En boca la cosa no mejora, es como si comieras un dantesco pudding de pescado con poco pescado (13%, y me imagino la calidad) y muuuucha manteca de vacuno, harina, aceite de palma parcialmente hidrogenado, huevo, sal, gluten de trigo, lactosa, proteínas de leche, cúrcuma y extracto natural de pimienta. Sin pasar por alto trazas de moluscos (quién los pillara), apio y mostaza. Ah, y un espectacular 0,5% de gamba deshidratada en la composición de una salsa de ‘marisco’ que supone nada menos que el 64% del contenido. En boca el conjunto es blandurrio, sin llegar a gelatinoso, pastoso a más no poder y ciertamente desagradable. No terminé el plato. Es de las peores cosas que me he llevado a la boca. Sino la peor. La culpa es mía, por comprarlo. Error. No sé si he sido suficientemente diáfano. Como es domingo…

(Igor Cubillo)


Ramones. ‘I wanna be sedated’

Así lucía en blanco y negro Ramones, banda preferida de Cuchillo.

El batería de Ramones, grupo preferido del Cuchillo adolescente (apenas una navajilla), se toma sus cereales como un campeón en el alocado clip de ‘I wanna be sedated’. Quiero estar sedado. ¿Colocado, tal vez? Gabba gabba, hey!


Restaurante Aizian (Bilbao). Apuntando alto pero…

Una de las vistas desde el restaurante Aizian (foto: Mr. Duck)

Pato me convenció para ir a comer un menú degustación al restaurante Aizian del Hotel Meliá de Bilbao usando un cupón de descuento de Planeo que por 34’5 € ofrecía tres entrantes, un principal, el postre y una copa de vino. Al final el supuesto descuento del 50 % me pareció a todas luces exagerado, pero en fin… Hace años, cuando el mismo hotel era el Sheraton yo solía ir ahí con La Divina y tomábamos cervezas españolas, refrescos americanos y vino australiano… ¡y siempre nos obsequiaban con conguitos gigantes! (los frutos secos cubiertos de chocolate, ya sabéis). La penúltima vez que fui a ese Gran Hotel fue con Pato y libamos dos gin-tónics: él de London, a 13,5 (me sabe a colonia), y yo de Seagrams, a 10 (viva América). Repantingados en un sofá al pie del inmenso y altísimo atrio de la recepción, veíamos pasar a aficionados de la ópera que salían del comedor y buscaban con poco acierto el baño, que está muy alejado del restaurante Aizian y es uno de sus fallos.

Cuando el hotel también se llamaba Sheraton cené una o dos veces en sus reservados, invitado a causa de mis tareas periodísticas, y recuerdo que estuvo bien, sin más. Algo siempre torcía la buena impresión. Lo mismo que en la visita culinaria con Pato. Acudimos un sábado y vimos tres salones. Uno celebraba una comunión o algo parecido, y en los otros había bastantes niños pero no molestaban. Nos acomodaron en la sala que hace esquina, con ventanales que se abren al parque Doña Casilda, ese sábado verde brillante por el aguacero permanente. Los camareros nos atendieron con bastante protocolo, como debe ser para los precios que se gastan en el Aizian, y nos guardaron las chamarras (es perrofláutico colgar las prendas en los respaldos de las sillas).

En nuestro comedor reinaba el silencio mientras en el más lejano imperaba la algarabía, como observó Pato. Por cierto, el empático Pato conocía a una chica del refectorio inmediato al nuestro, a Iratxe (todas las Iratxes son guapas, o sea que no preguntéis por ésta), quien con su novio había comido el menú ejecutivo de 41,5 más IVA, con cinco platos, vino crianza Solabal y café, y se quedaron muy a gusto.

A nosotros nos falló el vino. No culminó la copa del cupón, el rueda Con Class 2011 que nos recomendó para el foie la maître, un caldo de buen color canario, dulcísimo sabor y cierta acidez. Y también falló la botella que elegimos de la carta. Pato descartó el Campillo riojano a buen precio porque le apetecía probar algo nuevo, y yo le propuse dos tintos: un Montsant, a 20 euros o así, y un Priorato, a 21 + IVA. Como aparecía en una lista escogida de vinos recomendados, pedimos este último, y vaya… Se trataba de un Martinet Bru de 2008, de garnacha y syrah, de la familia Pérez Ovejero, de cultivo sostenible (como en toda la Historia, no te digo…), y que nada más abrirlo sabía a tope a madera y olía alcohol, pues tenía muchos grados. Se notaban torrefactos y pensamos que crecería, y lo hizo en un plato, pero luego se difuminó. Yo concluí el día después: si de una botella sacas ocho copas apurando, y cada copita te sale a tres euros (500 pesetas), tiene que estar muy bueno el vino sin necesidad de analizarlo.

Pero no ocurrió esto con el vino en un menú en el que degustamos lo siguiente:

Foie del Aizian (Mr. Duck)

1º Foie cocido con caramelo agridulce y cerezas saladas: Empezamos bien con un bocado de sabor intenso y delicado. El foie llegó desprendiendo un aroma estupendo desde su plato rectangular. El pedacito de hígado estaba blandito y se deshacía en la boca. Por dentro el foie gras parecía un núcleo atómico y el caramelo le iba perfecto. El vino, el blanco que nos recomendó la maître, picaba un poco y a Pato le gustó pero a mí no.

Arroz de Aizian (Mr.Duck)

2º Arroz cremoso de hongos y manitas de cerdo con kokotxas de merluza al pilpil: Otra plataforma rectangular para una propuesta que arribó fragante y se comía con la vista. La disposición separada de las dos grandes kokotxas (pensar que hay gente a la que le dan asco) tentaba al más templado. Lástima que estuviera un pelín salado el pilpil donde reposaban las gelatinosas adiposidades. Además insípido era el vertical crujiente de hongo (apuntando alto…), y el arroz estaba muy bien aunque el aporte de las manitas de cerdo quedaba asaz disimulado.

Canelón Aizian (Mr. Duck)

3º Canelón crujiente de lumagorri (pollo de Eusko Label) con ravioli de huevo y sopa de garbanzos: Nombre largo para platito redondo y hondo. En su base la sopa garbancera sin glamour sabía rotunda a lo que anunciaba, el canelón no era sino un trozo de pollo rico rebozado con algo de maíz que empeoraba la carne, y el huevo, la yema magnífica, estaba de toma pan y moja, atesoraba sabor corralero y quedaba constreñida por el fino ravioli. En este punto el vino alcanzó su cenit (y al poco se opacó).

 

Merluza Aizian (Mr. Duck)

4º Principal: Lomo de merluza con tofee de cebolla morada de Zalla y patata asada: Muy bueno. Lo cató Pato y espetó: «Te cagas». ¡Qué comentario tan poco gourmand! Y añadió: «Sabe a mar». Sí, la merluza estaba perfecta, sápida, blanca y con su piel. Los trigueros que la acompañaban sabían a campo verde y la patata cocida sobraba pues no aportaba nada, aunque no la mezclé con la salsita de cebolla, que sí unté con el buen bollito de pan correspondiente.

Costillar (Mr. Duck)

4º Principal: Costillar de cerdo ibérico encebollado con calabaza a la plancha y toques de mostaza: A Pato le encantó. «Crujiente por fuera y blando por dentro, en su punto de sal, el dulzor de la cebolla compensa la mostaza», comentó. Y el paralelepípedo parecía insípido, pero a Pato le agradó.

Torrija (Mr. Duck)

5º: Postre: Torrija de pan caramelizada con helado de arroz con leche. Tras pasar el recogemigas por el mantel nos trajeron una ración abundante de postre, más aun en comparación con las cantidades precedentes. A Pato le gustaba comerlo mezclando la torrija con el helado, y así estaba bien cada cucharada, pero por separado cada ingrediente también: la dulce tostada y el curioso helado. Al final acabé un poco empalagado de tanta cantidad, antes de masticar el azúcar quemado y cristalizado. Y Pato dijo que él también se empalagó.

Rematamos el menú con sendos cafés aparentes a 2 euros cada uno. Abonamos además por el vino 21 euros y no nos cobraron el agua. En total pagamos 25 de vino y café, más 2 de IVA, a añadir los 69 del cupón. O sea que pagamos 96 las dos personas (bueno: un humano y un ánade), a 48 cada uno… O sea, caro. ¡Y eso que íbamos con descuento!

(le molesta que falle el vino a Óscar Cubillo)

web del restaurante

ver ubicación

Lehendakari Leizaola, 29; 48001 Bilbao

94 428 00 39


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